Clotilde Jiménez: Éramos silencios

Septiembre 16 - Octubre 31, 2026 Chicago

Mariane Ibrahim se complace en presentar Éramos silencios, una exposición individual de Clotilde Jiménez, que estará en exhibición en nuestra galería en Chicago del 16 de septiembre al 31 de octubre de 2026.  
 
En Éramos silencios, Clotilde Jiménez presenta obras arraigadas en Puerto Rico que reflexionan sobre la tradición familiar y los silencios heredados, para construir mitologías personales a partir de lo conocido y lo que solo se puede intuir. En su temprana adultez, Jiménez pasó tiempo en Mayagüez, un pueblo en la costa oeste de Puerto Rico, cultivando deliberadamente relaciones con los ancianos de su familia materna. Su abuela y sus abuelos se convierten así en los nuevos protagonistas de esta historia. Uno de ellos es el hombre conocido como Tío Juan, figura central de la familia en la isla y clave para su comprensión de la familia, el lugar y la herencia. Una década después de que Jiménez hubiera desarrollado una relación con él, su abuela confirmó que el hombre que conocía como tío era en realidad su abuelo biológico. A pesar de los silencios, una relación paternal se había desarrollado de manera intuitiva. A través de la pintura, el collage, el dibujo y la escultura, la exposición comparte un viaje hacia formas reinventadas de familia, identidad, espiritualidad y existencia queer.  
 
Jiménez aborda cada exposición como un autor lo haría con un libro, desplegando cada capítulo de una memoria visual que evoluciona artísticamente junto a él. En este punto de la narrativa general, ha introducido personajes y símbolos que representan a sí mismo, a miembros de su familia y arquetipos de negritud y masculinidad junto a naturalezas muertas y otros elementos naturales simbólicos. Éramos silencios extiende esta trayectoria, con obras que reflexionan sobre aquello que se transforma en el proceso de recordar. En The Contest, su exposición anterior en Chicago, Jiménez abordó el impacto de su padre ausente un boxeador y culturista y examinó las nociones de masculinidad impuestas a través de la metáfora del deporte. Ahora, explora las relaciones entre generaciones, los silencios que las rodean y las historias que se heredan.  
 
En el conjunto de su obra hay una propuesta de alternativas a la pregunta de qué es la negritud y qué representa en diferentes lugares y contextos. Nacido en Honolulu de padre afroamericano y madre puertorriqueña, criado en Filadelfia, educado en Cleveland y Londres, y radicado hoy en la Ciudad de México, Jiménez se nutre de los entornos culturales, políticos y sociales de cada lugar que ha habitado. Creció con lo que él llama una visión bifocal del mundo, informada por su herencia afroamericana y caribeña—específicamente puertorriqueña—que, en la adultez, se ha expandido para abarcar el contexto mexicano en el que vive y cría a su familia. 

 

Esa herencia le dio una conciencia afroamericana de la opresión sistémica, pero también de los mecanismos culturales y espirituales mediante los cuales las personas persisten obstinadamente. En cambio, aprender de su linaje puertorriqueño requirió intencionalidad y una disposición para enfrentar las contradicciones y las cambiantes categorías raciales del Caribe. Jiménez comenzó a ir a Mayagüez a los 18 años y luego regresó anualmente durante sus veintes, a veces quedándose por meses. Estas experiencias lo introdujeron a un vocabulario racial que opera de manera distinta a las categorías con las que había crecido en Estados Unidos. Fue en Puerto Rico, particularmente a través de Tío Juan, donde Jiménez—quien se identifica como negro, afroamericano y afrolatino—encontró el término trigueño, una categoría racial específicamente puertorriqueña y caribeña. Trigueño es un concepto fluido dependiente del contexto social y aplicable a personas con una amplia gama de tonos de piel; aunque no es un binario, se define por su proximidad a la negritud. Esta distinción es significativa para el trabajo de Jiménez porque revela cómo la identidad racial cambia según el lugar, la historia y el lenguaje disponible para nombrarse a uno mismo. 

 

Su elección de materiales, así como las preocupaciones conceptuales de su trabajo, negocian de manera constante las intersecciones entre la negritud, la latinidad, la memoria y la espiritualidad. Formado originalmente como grabador, Jiménez se volcó a los medios mixtos poco después de graduarse de la universidad, cuando el acceso limitado a equipos de grabado y la abundancia de papel a su alrededor abrió otra posibilidad. La impresión sigue siendo fundamental en la manera en que aborda el collage y la construcción de imágenes, a través de la superposición, la fragmentación y la repetición. Sus obras incorporan recortes de revistas guardados a lo largo de los años, telas de todo el mundo y papel de artesanía mexicano. A través del dibujo, sus ideas evolucionan gradualmente en composiciones en las que el collage funciona a la vez como estrategia formal y como metáfora de la identidad misma. Género, etnia, acento y sus distintos contextos culturales son todas capas de ese collage propio 
 
Tras varios años en la Ciudad de México, donde se encontró con las clasificaciones contundentes del archivo colonial en las pinturas de castas, Jiménez ha comenzado a desarrollar lo que él llama "una teoría desde el medio": un marco para imaginar futuros moldeados por la hibridez que produjo el colonialismo. Esta es la mentalidad desde la cual surge el último capítulo de sus memorias.  
 
Recuperar sus recuerdos de Mayagüez, de Tío Juan y de los lazos familiares enredados es esencial para esta exposición. La línea familiar se explora en Los Varones, un retrato generacional que presenta a su abuela Renée Jiménez, a su abuelo Gabriel y a Tío Juan. La obra sugiere cómo las experiencias de una generación moldean a la siguiente, mientras Jiménez sigue lidiando con las ideas heredadas de masculinidad dentro de la familia. También realizó autorretratos, incluyendo uno como Ofelia arquetipo de vulnerabilidad, flotando sin camisa en un río, rodeado de naranjas arriba y peces abajo. En sus obras de Flower Portal, Jiménez despliega composiciones intrincadas con flores exuberantes, naranjas, peces e incluso una cabeza de bebé y una mosca trompe-l'œil quizás un símbolo de pecado, en un guiño a las naturalezas muertas del barroco neerlandés. En la multifacética Retrato de mi madre cuando era niña, Jiménez representa a su madre de joven, antes de convertirse en la persona que hoy conoce. Su rostro conmovedor construido a partir de otros tres rostros— cuenta una historia, posiblemente de dolor y silencio heredados. Es un ejercicio profundo, concebir y empatizar con una madre como el ser vulnerable que era de niña. Esta pieza ejemplifica también cómo el dibujo cobra aquí un papel más destacado que en exposiciones anteriores, cuando Jiménez hacía collage sobre un boceto subyacente. Tanto material como conceptualmente, estas obras son más reveladoras que nunca.  
 
En Invitación al Altar, las figuras se distribuyen en dos planos: al fondo, un hombre mayor toca un cuatro mientras una monja levanta el Libro Santo, y observan a tres mujeres inclinadas sobre el niño que yace en el suelo. Ellas se extienden para tocarlo con una mezcla de reverencia y cuidado, en gestos que recuerdan el arte mural modernista mexicano. El papel rosa y translúcido aporta color y dinamismo a la escena, proyectando luz alrededor de la cabeza del niño mientras una mano atraviesa su resplandor. Utilizado a lo largo de toda la obra, este papel de color translúcido sugiere la presencia de lo divino. 

 

Las naranjas aparecen a lo largo de la exposición como un motivo recurrente. La fruta tiene múltiples connotaciones en distintas culturas, pero en este universo la naranja se pela metafóricamente para revelar significados cada vez más personales. La muestra incluye, de hecho, esculturas de naranjas en bronce pintado, distribuidas a lo largo de las paredes de la galería, como recuerdos incrustados. En China de Mayagüez, un naranjo se eleva sobre un niñopresumiblemente Jiménez—y Tío Juan, quien está vestido como jíbaro, la figura del agricultor asociada desde hace mucho tiempo con la identidad tradicional puertorriqueña, mientras ambos recogen fruta en un saco de yute. Considerando que la obra del artista es profundamente autobiográfica, esta pieza refleja el momento en que Jiménez comenzó a comprender que ciertos lazos familiares estaban más entrelazados de lo que le habían contado. La obra también refuerza el vínculo entre pasado y presente, pues remite a un grabado en madera realizado por el propio artista décadas atrás. Aunque Jacob Lawrence y Romare Bearden pueden considerarse sus precursores artísticos en el uso del color, la técnica del collage y las indagaciones sobre la vida negra, estas obras avanzan hacia un territorio propio y enigmático 
 
A lo largo de varias obras, la fruta alude a la familia, la memoria y el legado; pero en esta evolución de la mitología personal de Jiménez, las naranjas remiten también a la migración, el trasplante y el movimiento colonial. De China a África del Norte, luego a Europa y finalmente a las Américas, el desplazamiento de la naranja sigu la expansión de los imperios y las tragedias de la colonización, haciendo que su presencia en estas piezas sea inseparable de las historias de desplazamiento humano. Su omnipresencia en las obras ha llevado a Jiménez a pensar en ellas como un lenguaje visual propio dentro de su práctica: la idea de una "naranja Clotilde" ha comenzado a surgir, y puede estar madura, verde, envejecida, exagerada o transformada. A través de la presencia, el amor y la protección, en Éramos silencios, Jiménez evoca historias en las que el silencio es, en sí mismo, una forma de comunicación.  

 

Texto introductorio escrito por la curadora Marina Reyes-Franco.